La segunda parte del trabajo se llevó a cabo los días 15, 16 y 17 de octubre de 1999. Los participantes fuimos los mismos de la ocasión anterior, con la excepción de Horacio Alonso que tuvo un inconveniente y no fue esta vez de la partida.
Cuando llegamos al taller de Rojas, nos encontramos con que una parte de la estructura del horno ya había sido preparada de antemano por Luis.
Comenzamos la tarea poco después del mediodía y trabajamos hasta la noche para armar la mayor parte de la estructura del horno.
Para levantar el horno se usaron ladrillos rojos comunes, los habitualmente llamados “ladrillos de campo”, asentados con barro del lugar.
Construido alrededor de la obra, su forma general fue siguiendo la forma del caballo. Sobre la grupa se optó por armar una estructura tipo horno de papel, para poder darle una forma abovedada. La parte más alta, que correspondía a la cabeza, hizo las veces de chimenea. Su remate, en forma de bóveda, tenía varios agujeros hechos con ladrillos faltantes para regular el tiraje.
La habilidad de Luis Pardini para solucionar los problemas constructivos en una empresa como ésta es producto de su vasta experiencia en el tema.
No había tenido ocasión de tratar con él anteriormente, pero sabía que es un profesor muy respetado, y sobre todo muy querido por sus colegas y alumnos.
La planta del horno quedó en sus medidas exteriores, de 2,60 m. por 1 m., con una altura de 1,50 m. en la parte de la grupa y 2,70 m. en la chimenea. En cada punta se armaron dos hogares para la leña, de 1 m. por 0,57 m. por 0,60 m. de alto, cada uno con una parrilla de barras de hierro a 23 cm. del piso.
A ambos lados de la estructura del horno se armaron dos hogares secundarios, para ayudar a emparejar la temperatura. Para medir ésta se colocaron dos pirómetros, uno a media altura de la chimenea, y el otro cerca del quemador en la grupa del caballo.
También hicimos agujeros de control a distintas alturas para ver el desenvolvimiento de las llamas, lo que permitiría ir regulando las cargas de leña de forma de llevar una quema pareja en todo el horno.
Llegamos a la hora de la cena con el horno ya casi terminado. Faltaba hacer la bóveda de uno de los hogares grandes, que completaríamos al día siguiente.
Esa misma noche le hicimos un precalentamiento, haciendo fuegos en los dos hogares más grandes.
En la foto estamos con Alicia Arijón, alimentando el fuego como una previa de la quema que se haría al día siguiente. Nos fuimos a cenar todos juntos y a charlar sobre las expectativas que teníamos acerca de la larga jornada que nos esperaba.
La mañana del sábado nos levantamos a eso de las 7.00 h., para terminar de armar los dos hogares principales. Ahora venía la parte más importante del proceso, donde se juega todo a cara o cruz!. Comenzamos la quema a las 11.00 h., siguiendo al inicio un ritmo lento de cargas. Luis Pardini quería llevar la cocción lo más lenta posible, para evitar los riesgos de roturas: la grieta aparecida durante el secado era una de sus preocupaciones. Lo ideal para él era que hiciéramos una horneada de veinte horas.
El comportamiento del horno, que resultó ser muy rápido, y el entusiasmo de los que participábamos, hicieron que la horneada se terminara mucho antes.
El espectáculo del horno a la noche resultó ser lo más emocionante, con la corona de llamas que se elevaba con cada nueva carga de leña.
Como en todas las etapas del proceso nos turnamos, esta vez para atender la alimentación del horno, que siempre está pidiendo comida...!
A la medianoche el horno llegó a los 1040º C, y en ese momento le echamos la primera carga de sal. Seguimos fogoneando durante unos 45 minutos más y a las 0.45 h. del domingo hicimos una segunda salazón, y después de 15 minutos dejamos de alimentar los hogares para dar por terminada la horneada, sellando la boca de los hogares y la chimenea.
La curva de horneada se dió así:
11.00 h.: se encendió el fuego, manteniendo un precalentado de 100º C.
13.30 h. la temperatura alcanzó lo 150º C.
15.30 h.: el horno llegó a los 250º C.
17.00 h.: se llegó a los 350º C.
19.00 h.: el horno llegó a los 500º C.
21.30 h.: los dos pirómetros marcaron 700º C.
22.30 h.: el horno llegó a los 850 º C.
A medianoche la temperatura es pareja en todo su interior, llegando a 1040 º C.
La decisión de no prolongar más la horneada, que hubiera permitido alcanzar mayores temperaturas, estuvo a cargo de Luis. Acordaron con Guillermo que la grieta de secado, a la que se habían sumado otras pequeñas grietas que veíamos por los agujeros de observación, podían poner en peligro la estructura de la obra.
Fue una experiencia muy particular la de descargar este horno: para poder ver el trabajo horneado hubo que desarmar la hermosa estructura, después de todo el trabajo que invertimos en su armado. Todos acordábamos que era una verdadera pena desarmarlo, pero no había otro recurso, así que pusimos desde temprano manos a la obra.
Como siempre, Luis fue el primero en llegar al lugar y ponerse a la tarea. En esta foto, está subido a una mesa que usó a modo de un andamio improvisado. Las orejas del caballo ya van asomando...!
Con una emoción inimaginable, fuimos quitando una a una las hiladas de ladrillos, hasta dejar toda la obra al descubierto. En esta foto, el caballo parecía estar adentro de un box, esperando que lo soltaran para salir a galopar con las crines al viento...!
La rajadura del secado se había vuelto a marcar, y aparecieron algunas grietas pequeñas, pero la estructura en general resistió bien la horneada.
El color nos pareció satisfactorio, con algunas manchas de vidriado que aparecieron aquí y allá, producto de las cargas de sal que le tiramos al final de la horneada.
Recién en ese momento Luis nos reveló el nombre que se le pondría a la obra: se llamaría “Jacinto Maluque”.
Lo de “Jacinto” era por un potrillo que había perdido la yegua Babe, habitante del lugar, y lo de “Maluque” por una ocurrencia de Paulina, la hija mayor de Guillermo y Lorena.
La foto lo muestra después de un tiempo, con un par de soportes de hierro de refuerzo puestos para asegurar su estabilidad.
Llegó la hora de la despedida. El clima que había sido algo adverso en la primera parte, nos despidió con un hermoso atardecer. Nos llevábamos el recuerdo de una experiencia inolvidable, y el descubrimiento de un extraordinario docente y un gran ser humano como es Luis Pardini. Vaya nuestro agradecimiento hacia él y también para Guillermo y Lorena, que nos brindaron su casa y taller para poder realizar esta experiencia única.